Reconócelo, querida, te gusta más el juego que a un tonto una tiza. El desafío de lograr lo imposible y de vencer cualquier obstáculo o resistencia te domina, te puede, llevándote a hacer cualquier cosa para calmar ese ansia que te posee en el trance de cumplir una apuesta que no quieres dejar de ganar. Las dificultades no te echan para atrás. A mayor dificultad, más morbo, más emoción, más adrenalina segregada en tus venas, ¿no es cierto? No hay más que decirte que nunca conseguirás algo para que inmediatamente desees tenerlo y estés dispuesta a todo por lograrlo. Sobre todo si la apuesta es alta, y el premio apetecible.

Pero no es solo juego, no mientas, hay algo de perversión en todo eso. El gusto, si es que se lo encuentras, de corromper la inocencia, de degradar la virtud, de someter la razón. Te agrada llevar a la gente a la locura. Te gusta "iniciar" neófitos de los que convertirte en maestra de artes oscuras. Tocas el cielo cuando alguien te reconoce que nunca había experimentado con nadie las sensaciones que tú le has proporcionado. No puedo, no soy capaz de entrar en tu mente, de ponerme en tu lugar, pero pienso desde mi postura de observadora imparcial que no todo es tan bonito y estimulante como pregonas, que debe ser duro estar sometida día sí y dìa también a esa tensión, debe desgastar mucho los nervios y la salud, ya no digamos el físico, que está claro que físicamente te machacas como una atleta de fondo, ejercer de depredadora.

Sé que no te soy del todo indiferente, que te parezco, también yo, una presa apetecible. A veces me miras como miran los hombres cuando miran realmente a una mujer, y me haces sentir una ensaimada en tu desayuno. Una vez diste el paso de la imaginación a las palabras, no sé si te acordarás. En aquella ocasión me propusiste que participara en un trío contigo y tu marido, hombre tan juguetón y pervertido como tú misma, ¿lo recuerdas? No creo, aquella noche estabas muy ebria, tan ebria que, incapaz de volver a tu casa sola, te quedaste a dormir en el sofá de mi salón. Pero la conversación iba en serio, sé distinguir de colores. Al día siguiente, la borrachera pudo taparlo todo, enmascarar de divagaciones de borracha lo que no eran sino deseos que afloraban precisamente por la desinhibición inherente a la ebriedad. No me engañaste con tus disculpas, sé que lo que me dijiste al oído tendida ya en el sofá mientras te colocaba la manta por encima ("Dejaré que él te lo haga primero a tí, pero no se correrá en tu rajita, solo le dejaré venirse en la mía" ¿Vas recordando, cielito?) era la absoluta verdad de los deseos que en aquel momento poblaban tu mente.

Y hoy vuelves a la carga con tus insinuaciones y propuestas, encubiertas ahora no de pastosos balbuceos de beoda sino de bromas aparentemente inocentes entre compañeras de trabajo. Y yo te sigo el juego, claro, y también me río y coqueteo, y el flirteo entre nosotras es tan evidente que más de uno ha quedado boquiabierto (Y alguno habrá ido corriendo al baño, pero eso prefiero no pensarlo ahora mismo) Y tratao de descolocarte pidiéndote que poses para mí, diciendo que quiero fotografiarte para mi recién estrenado blog y ponerle cara y cuerpo, presencia y realidad, a esta historia de seducciones y galanteos, de proposiciones deshonestas y juegos indecentes, y claro, en vez de decir que no, te plantas desafiante frente a mi cámara digital, y me dices, "sácame guapa, cariño, para que tengas un buen recuerdo de este día". Pues bien, aquí están las fotos. Guapa has quedado. Buen recuerdo, ya veremos. El futuro lo dirá.