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La Coctelera

Jueves, ropa de trabajo

Antes de meterme en el lavabo y empezar a prepararme para la cena de esta noche, lo que llevará su tiempo, que soy lenta para arreglarme, y hemos quedado en la empresa a las nueve, quería escribir un breve apunte de cómo he ido vestida a trabajar esta mañanam y por qué. Quiero decir, que cuando veáis el look os daréis perfecta cuenta de que es muy sobrio y hasta algo trasnochado, más quizás para otra edad que para la mía.

Veamos, cuiando empecé a trabajar aquí me recalcaron mucho que mi imagen era parte del trabajo. Yo me consideraba ya una mujer sobria y relativamente elegante, dentro de los posibles. Nunca he sido amiga de estridencias ni de modas radicales, así que pensé que con ir "arreglada pero informal" iba a ser suficiente. Pues no. Mi cara, mi voz y mi imagen es la cara, la voz y la imagen de la empresa, y por tanto solo soy libre de vestir como quiera en mis ratos libres. Para el trabajo, se me exige que adapte mi vestuario a las necesidades de la empresa. Para empezar y como norma general, nada que pueda ser conisderado "casual" suele servir, a menos que sea un día en que no haya visitas de clientes. Así que ya me véis a mí, que siempre he sido muy sencilla de estilo, de vaquerito y suéter y vas que vuelas, pidiendo ropa y consejos a mi madre y a sus amigas. Si hay alguien que ha disfrutado con todo esto, es precisamente ella, mi madre, que ahora me ve vestida como a ella le gustaria que me hubiera vestido siempre.

Esta mañana, quizás para compensar los disgustos que me dieron al comienzo de semana, mi jefe quiso darme un voto de confianza y me encargó una negociación difícil con un cliente altamente exigente. La persona que normalmente se encarga de este cliente está de baja, y me lo endosaron a mí. Ayer por la tarde ya se me advirtió que además de prepararme a fondo la tarea, debía adaptar mi vestuario a las necesidades del cliente. Es un hombre conservador, profundamente religioso, intransigente y clasista, de los que no admiten la menor desviación de lo que él considera apropiado.

Pensé en primer lugar en ponerme pantalones para no tener dudas ni problemas con el largo de la falda, ya que yo suelo usarlas cortas y no era adecuado hoy, pero finalmente pensé que tampoco el look andrógino me convenía, así que le pedí prestada a mi madre esta falda gris por debajo de la rodilla, con medias también oscuras y zapatos clásicos. Para la parte de arriba, utilicé esta blusa de rayas, muy clásica. La compré hace ya unas cuantas temporadas en una boutique italiana de Avenida Gaudí, pero apenas la he usado porque me hace mayor, es la típica prensa que me gusta pero luego no me veo con ella puesta. Era lo mejor para hoy, y la americana de terciopelo verde de Humana - Sí, de Humana, no suelo comprar mucha ropa de segunda mano, pero a veces algo cae, y cuando ví la chaqueta me enamoré de ella - combinada a la perfección, como echas una para la otra. Creo que el conjunto quedó bastante equilibrado, obsoleto y monjil, tal como pretendía, pero sin parecer tampoco un disfraz sacado del atrezzo de una película de gangsters. En fin, solo puedo decir que el cliente pareció complacido (Cuando digo cosas así, mi madre siempre me replica "hija, parece que te prostituyas"). ¿Qué os parece a vosotras?

Bueno, ahora sí, me meto al baño a empezar el proceso de transformación que me llevará a convertirme en una reina de la noche. Me llevaré el vestido azul que a todas os ha gustado tanto, con un abrigo de piel de marmota que me ha prestado mi tía (la noche está fría de narices). Ya os contaré mañana!!

Encuesta: cena empresa mañana

Efectivamente, mañana por la noche se celebrará la siempre comprometida cena de empresa. Comprometida porque invariablemente, año tras año, y por más advertidos que estemos, siempre hay alguien que la lía, se desata, se olvida que aquellos a quienes está haciendo burla, o algo peor, el siguiente día laborable seguirán siendo sus jefes, y acaba hundiéndose él mismo en su propio fango.

Tras varios años celebrando la cena y posterior baile en diversos hoteles de postín de la ciudad, de los cuales por cierto no salimos en general demasiado satisfechos con el servicio, para mañana los jefes, o más bien la secretaria del Director General, que es quien en la práctica lo organiza todo, han decidido que la cena se celebrará en el mismo recinto de la empresa, no en las oficinas, claro, que no hay sitio, sino en un lugar del almacén que se han pasado días acondicionando. En cuanto a la manduca, la servirá un servicio de catering. Ya veremos cómo sale la historia porque no las tengo todas conmigo.

Por más que este año no vayamos de entrada a ningún local de alto standing, de sobra sé que es norma no escrita de la empresa que a esta cena se vaya "de gala" cuando no de rigurosa etiqueta. Yo no soy de vestirme de princesa británica en mis salidas nocturnas por Barcelona, y si ya bastante me escuece que me obliguen a llevar determinado tipo de ropa para ir a trabajar (me está vedado acudir a mi centro de trabajo con nada que pueda ser catalogado como "casual") lo asumo porque entiendo que mi imagen ante los clientes es la imagen de la empresa, y se me puede por tanto exigir que la cuide. Pero para una absurda cena en que estaremos solo los trabajadores maldita la gracia que me hace disfrazarme de actriz de Hollywood en la gala de los oscars. Sin embargo, claro está, allá donde fueres haz lo que vieres, y como mis compañeras se engalanarán todas, de la primera a la última, como si fuera a recibirlas el emperador de Japón, no puedo ser yo menos.

Y aquí viene mi duda existencial, porque no acabo de decidirme. ¿Cual creéis de estos dos vestidos que es más adecuado para el evento y me queda mejor para lucirlo allí? ¿El azul de corte griego o el gris de seda?

Prometo tener en cuenta todas las opiniones por negativas que sean. Lo que sí que no prometo es haceros caso, que una vez leídas y consideradas todas vuestras cuestiones, a lo mejor no me pongo finalmente ninguno de los dos, yo soy así y tengo esos prontos... Pero dejemos eso para mañana, de momento, decidme, ¿Cual os parece mejor y más adecuado?

El estilo Lisbeth Salander

Siempre que puedo me doy una vuelta al mundo virtual a través de los muchos blogs del llamado "street style" que han surgido últimamente como hongos por diversas ciudades del orbe. Para muchos, el "street style" es una aberración, una corrupción del verdadero sentido de la moda y las tendencias, nacidas siempre, para esta corriente de pensamiento, en los atèliers de los grandes maestros de la costura. Según este esquema mental lo que lleva la gente por la calle es, en primer lugar, vulgar, y en segundo, irrelevante.

Disiento profundamente de este modo de ver las cosas, muy extendido entre las élites del negocio textil. Para mí, la verdadera moda es la del día a día, la que nos soluciona cómo ir a trabajar cada mañana o cómo quedar bien en tal o cual compromiso importante. Y eso, la imagen que elegimos a diario dentro de nuestras posibilidades, suele en general tener poco que ver con los experimentos que haga uno de estos gurús del patronaje en su estudio parisino. Por eso, preferiré siempre y me interesará más ver cómo visten las mujeres que deambulan por las calles de Frankfurt, un centro comercial en Boston o un parque público en Buenos Aires que la última creación de Guivenchy sobre el cuerpazo sobrehumano de Kate Moss. Acusadme de vulgar si queréis, yo prefiero considerarme práctica.

En esto que estaba yo paseando la mirada por una colección de fotos de muchachas valencianas, todas muy jovencitas, tomadas por cierta página web de moda con apartado steet style, y de pronto me encuentro con una tal Angeles ataviada de esta guisa.

Y claro, yo ya sé la influencia que tienen, siempre ha tenido y tendrán el cine y la televisión en la creación de estilos y tendencias, pero esto más que una tendencia es una mimetización. ¡Menuda sorpresa! ¡Lisbeth Salander paseando por Valencia!

Otro toque de color

Y vuelta la burra al trigo. Y vuelta al día gris, frío, desapacible, día de malos presagios. Y vuelta a la dura realidad laboral, a la enrevesada convivencia en la empresa, a los comentarios a espaldas de uno, a las risitas maliciosas, a los enemigos irreconciliables dándose la mano con aparente amabilidad cuando conviene, cuando hay que figurar, medrar o adular. Vuelta, y es lo que más me fastidia, a los falsos amigos dándome falsas palmaditas en la espalda y ofreciéndome su falso apoyo en mi - esta sí, muy real - desgracia.

Qué asco me dan todos. Que de veces les dejaría plantados y me largaría a hacer lo que fuera. De reponedora de algún supermercado o de teleoperadora de cualquier plataforma, que de ambas cosas tengo experiencia. Pero claro, no puede ser, soy bien consciente de ello. Después de una creí que interminable colección de trabajos basura, éste es el primero que entra en la categoría de trabajo digno, y ofrece posibilidades reales de promoción, no como la mayoría que hablan de carrera profesional y luego nada de nada. Es cierto que en la guerra de todos contra todos que representa subir peldaños en esa carrera profesional he perdido la primera batalla, y de forma bastante estrepitosa por cierto, pero aún no he perdido la guerra. Me lo tomaré así, mientras rehago mi maquillaje tras lamer mis heridas.

Y vuelta también al colorido simbólic del que ya hablaba ayer. Base de ropa negra, que me encanta el negro, pero desgarrada tanta negrura por una ráfaga, un relámpago de color, hoy en forma de minifalda fucsia un tanto rampante, pero bonita. A mí, por lo menos, me lo parece. Claro que como podéis observar, me gustan los brillos, que no todo el mundo puede con ellos!

El conjunto, con americana

El conjunto, tal cual lo llevo y lo paseo por las dependencias de mi empresa

Ascender, no ascenderé por ahora. Pero que conseguiré que se fijen en mí, eso seguro!

Entre juguetona y perversa

Reconócelo, querida, te gusta más el juego que a un tonto una tiza. El desafío de lograr lo imposible y de vencer cualquier obstáculo o resistencia te domina, te puede, llevándote a hacer cualquier cosa para calmar ese ansia que te posee en el trance de cumplir una apuesta que no quieres dejar de ganar. Las dificultades no te echan para atrás. A mayor dificultad, más morbo, más emoción, más adrenalina segregada en tus venas, ¿no es cierto? No hay más que decirte que nunca conseguirás algo para que inmediatamente desees tenerlo y estés dispuesta a todo por lograrlo. Sobre todo si la apuesta es alta, y el premio apetecible.

Pero no es solo juego, no mientas, hay algo de perversión en todo eso. El gusto, si es que se lo encuentras, de corromper la inocencia, de degradar la virtud, de someter la razón. Te agrada llevar a la gente a la locura. Te gusta "iniciar" neófitos de los que convertirte en maestra de artes oscuras. Tocas el cielo cuando alguien te reconoce que nunca había experimentado con nadie las sensaciones que tú le has proporcionado. No puedo, no soy capaz de entrar en tu mente, de ponerme en tu lugar, pero pienso desde mi postura de observadora imparcial que no todo es tan bonito y estimulante como pregonas, que debe ser duro estar sometida día sí y dìa también a esa tensión, debe desgastar mucho los nervios y la salud, ya no digamos el físico, que está claro que físicamente te machacas como una atleta de fondo, ejercer de depredadora.

Sé que no te soy del todo indiferente, que te parezco, también yo, una presa apetecible. A veces me miras como miran los hombres cuando miran realmente a una mujer, y me haces sentir una ensaimada en tu desayuno. Una vez diste el paso de la imaginación a las palabras, no sé si te acordarás. En aquella ocasión me propusiste que participara en un trío contigo y tu marido, hombre tan juguetón y pervertido como tú misma, ¿lo recuerdas? No creo, aquella noche estabas muy ebria, tan ebria que, incapaz de volver a tu casa sola, te quedaste a dormir en el sofá de mi salón. Pero la conversación iba en serio, sé distinguir de colores. Al día siguiente, la borrachera pudo taparlo todo, enmascarar de divagaciones de borracha lo que no eran sino deseos que afloraban precisamente por la desinhibición inherente a la ebriedad. No me engañaste con tus disculpas, sé que lo que me dijiste al oído tendida ya en el sofá mientras te colocaba la manta por encima ("Dejaré que él te lo haga primero a tí, pero no se correrá en tu rajita, solo le dejaré venirse en la mía" ¿Vas recordando, cielito?) era la absoluta verdad de los deseos que en aquel momento poblaban tu mente.

Y hoy vuelves a la carga con tus insinuaciones y propuestas, encubiertas ahora no de pastosos balbuceos de beoda sino de bromas aparentemente inocentes entre compañeras de trabajo. Y yo te sigo el juego, claro, y también me río y coqueteo, y el flirteo entre nosotras es tan evidente que más de uno ha quedado boquiabierto (Y alguno habrá ido corriendo al baño, pero eso prefiero no pensarlo ahora mismo) Y tratao de descolocarte pidiéndote que poses para mí, diciendo que quiero fotografiarte para mi recién estrenado blog y ponerle cara y cuerpo, presencia y realidad, a esta historia de seducciones y galanteos, de proposiciones deshonestas y juegos indecentes, y claro, en vez de decir que no, te plantas desafiante frente a mi cámara digital, y me dices, "sácame guapa, cariño, para que tengas un buen recuerdo de este día". Pues bien, aquí están las fotos. Guapa has quedado. Buen recuerdo, ya veremos. El futuro lo dirá.

Un toque de color

Hoy no ha sido un buen día precisamente. Al mal tiempo, al cielo encapotado y gris, al frío intenso, a todo ese desolador ambiente invernal, se ha unido una mala noticia. Hoy me han confirmado que he perdido cierta batalla laboral que traerá con seguridad repercusiones negativas para mi carrera profesional.

Pero al mal tiempo, buena cara, eso me enseñó mi madre desde muy niña, y ella, maestra del engaño, debe saberlo bien. Tienes que tener tres caras, me decía, la que enseñas a la gente, siempre sonriente y alegre aunque te derrumbes por dentro, una segunda que solo enseñarás a tu círculo más íntimo de total confianza, si lo tienes, en que puedes ya decir verdades, pero no demasiadas, para que no te comparezcan, y por fin una tercera cara que solo tú has de ver ante el espejo y solo para tí deber llorar o aullar de rabia. Eso dice siempre mi madre y lo practica ella misma a rajatabla. Eso mismo he hecho yo hoy, recibiendo con una sonrisa de anuncio de Colgate la noticia de mi fracaso y felicitando efusivamente al que desde mañana tendrá poder para ponerme a cuatro patas y hacerme ladrar, si quiere. Pero por dentro, la cosa es muy distinta, como podéis imaginar. Querría gritar y gritar hasta quedarme afónica.

El cuerpo me pedía vestirme de viuda siciliana, aún más en negro que ayer, tal era mi ánimo, pero, para no dejarme vencer por el "totally black" extremo, he puesto una chillona nota de color en mi ya de por sí habitualmente oscuro atuendo invernal. Ha sido con esta falda vintage de la colección de Ann Taylor que compré a través de eBay por apenas 40 Euros. Una cascada de fuego rojo y dorado que rompe el aparente luto de suéter de cashmere, las medias tupidas y las botas de terciopelo también negro de Nine West. El conjunto, la verdad, me encanta, mal me está el decirlo, aunque es verdad, me sentía cómoda con él, no solo porque las prendas son efectivamente cómodas, sino porque expresaba a la perfección mi estado de ánimo: Un duelo roto por el fuego de la rabia. Así estaba yo hoy, y así vestía.

Para hacerme las fotos, he acudido al que a pesar de todos los pesares, que son muchos, es mi refugio en los días más difíciles, la casa de mi madre. Y le he pedido a ella que me tome las fotos junto a los muebles de mi abuela, que mi madre conserva en la habitación donde murió como si fuera una especie de museo, o mejor aún, una capilla. Esos muebles me reconfortan, me recuerdan la infancia y la figura comprensiva, protectora y dulce de mi difunta abuela. ¿Será verdad como decía Borges que realmente solo existe el pasado? Si es así, qué dulce pasado el mío, comparado con los negros nubarrones que se barruntan en mi futuro.

Presentación en "totally black"

Aunque suene un poco esquizoide, tal vez hasta demasiado, realmente hay dos Susagnas, la que muestro y la que soy. Las dos conviven en mí, pues las dos son parte de mí, aunque solo una es cierta y auténtica. La otra, la que todos consideran verdadera, no es sino una máscara, un disfraz que me ha servido para proteger a la auténtica del mundo exterior, que en general ha sido bastante cruel conmigor. ¿Suena muy perturbado? A medida que lo escribo, a mí misma me lo parece. No es que me sorprenda, sé bien que no estoy centrada, que me falta recorrer cierto camino de autoconocimiento y autoanálisis para llegar a la raíz del problema, lo que será el primer paso para ponerle solución.

Alguien cercano y de absoluta confianza me dice que lo publique, que deje a un lado el disfraz y comparta con quien quiera leerme las verdades de la auténtica Susagna, y me sugiere que lo haga a través de este blog, de manera anónima (aunque publicando fotos no sé yo lo anónimo que esto puede llegar a ser) y a una teórica multitud de lectores desconocidos, que así me será más fácil que contándoselo a alguien concreto de mi entorno, me asegura. Y hago caso a esta persona cercana y de absoluta confianza porque sus consejos han sido acertados y útiles en el pasado, aunque no sé si esto funcionará. Ahora mismo, publicando mi primer artículo y mi primera foto, me siento como desnuda encima de un escenario, observada por docenas de ojos anónimos que no consigo distinguir pero que sé que están ahí, y el hecho de que no pueda verlos no hace que me intimide menos su presencia.

En primer lugar compartiré con todos mi imagen del día de hoy, lunes. Barcelona, la ciudad donde vivo, se ha despertado nublada y lluviosa, fría y desapacible. A tono con el día, me he vestido de oscuro, concretamente de negro, solo que al final, cuando ya estaba enfundada en prendas negras de pies a cabeza, he pensado que sería mejor que no fuera un "totally black" absoluto, y le he dado un mínimo toque de color con la falda escolar y los zapatos a dos colores. Sé que más de una no soporta nada que se parezca a las faldas tartán escolares de nuestros años de colegio de monjas. A mí, la verdad, las monjas no me traumatizaron lo suficiente como para que las odie.

Ésta es pues la Susagna pública (Que mal suena, dicho así) A la otra, la de verdad, ya la iréis conociendo.